Santiago García Lucio

DE LA CRÍTICA DE LOS PUEBLOS A LA CONDENA DE LOS REYES

De los cortesanos, de los ministros y los aduladores, los pueblos han tomado una máxima que repiten tontamente: «Es preciso dejar pasar ciertas cosas a los príncipes».

Soy de esta opinión, pero sólo en las debilidades sin consecuencias, puesto que es preciso no juzgar a los príncipes del mismo modo que a los particulares, vista la influencia que sus menores acciones tienen sobre la felicidad pública.

No puede exigirse de ellos inteligencia cuando la naturaleza no se la ha proporcionado. Pero, ¿no son merecedores de oprobio cuando se niegan a dejarse ayudar por las luces de los sabios y se empeñan en seguir sus propias ideas?

Deben dar a sus pueblos el ejemplo de la virtud y las buenas costumbres; ¿no es, pues, inexplicable que solo les muestren los vicios, cuando se abandonan a las más vergonzosas voluptuosidades, y que sean los primeros en pervertir a las mujeres, en pervertir a sus propios súbditos?

Deben todo su tiempo al Estado: ¿qué decir, para justificarles, cuando pasan su vida en blanda ociosidad, tras haber descargado sobre las espaldas de ministros indignos el cuidado de los asuntos públicos, o cuando emplean los momentos robados al placer en labrar la infelicidad de sus súbditos?

No son más que administradores de los bienes públicos: ¿cómo excusarles cuando actúan como si fueran sus propietarios, disipándolos en escandalosas prodigalidades?

Y aun gracias si, como precio a su pereza, se contentaran con el fruto de nuestro sudor; pero necesitan, también, nuestro reposo, nuestra libertad, nuestra sangre. En vez de gobernar su pueblo en paz, lo inmolan a sus deseos, a su orgullo, a sus caprichos.

Siempre armados, siempre sembrando semillas de discordia entre sus vecinos, y siempre atrayendo desgracias sobre el Estado, no utilizan su gloria sino para horrorizar la tierra con el trágico relato de sus furores: y no satisfechos con entrometer en sus querellas a sus satélites, fuerzan a los ciudadanos, a los extranjeros, a las mismas bestias, a tomar parte en ellas.

¡Pero con qué indignidad se ríen, a veces, de la naturaleza humana! No tienen bastante con vencer y cargar de hierros a sus enemigos: es preciso que todo perezca, que todo se anegue en sangre, que todo sea devorado por las llamas, y que lo que escape al fuego y al hierro no pueda escapar al hambre, aún más cruel; semejantes a esos maléficos astros cuya maligna influencia derrama sobre nuestras cabezas el contagio y la desgracia. Si al menos cayeran ellos mismos en las guerras que encienden, pero casi siempre son demasiado cobardes para exponerse a los golpes.

¿Qué más he de deciros? En lugar de ser los ministros de la ley, se convierten en sus dueños, no quieren ver en sus súbditos más que esclavos, les oprimen sin piedad y les empujan a la revuelta; además, se entregan al pillaje, devastan, estrangulan, extienden el terror y el espanto y, para colmo de infortunio, insultan todavía a los desgraciados a quienes oprimen.

De esta forma, un sólo hombre que el cielo encolerizado dé al mundo, basta para acarrear la desgracia de toda una nación. Cuando los príncipes no son virtuosos, ¿es posible exagerar al condenar sus vicios y al compadecer la suerte de los pueblos confiados a sus atenciones?

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