No, no es en las fronteras, sino en las capitales donde debe golpearse. Dejad de perder el tiempo imaginando métodos de defensa; sólo os queda uno. El que tantas veces os he recomendado: una insurrección general y ejecuciones populares. Comenzad, pues, por apoderaos del Rey, del delfín y de la familia real. Ponedlos bajo fuerte guardia y que sus cabezas os respondan de los acontecimientos. Abatid enseguida, sin dudar, la cabeza del general, la de los ministros y ex-ministros contrarrevolucionarios; la del alcalde y los municipios contrarrevolucionarios: pasad por la espada a todo el Estado mayor parisino, a todos los negros y a los ministeriales de la Asamblea nacional, todos los soportes conocidos del despotismo. Os lo repito, sólo os queda este medio para salvar a la patria. Hace seis meses, cinco o seiscientas cabezas hubieran bastado para libraros del abismo. Hoy, cuando habéis dejado estúpidamente a vuestros enemigos establecer conjuraciones y fortalecerse, quizás sea necesario abatir cinco o seis mil; pero aunque fuera necesario abatir veinte mil, es preciso no dudar ni un momento. Si no os adelantáis, os degollarán bárbaramente para asegurar su dominación; acordaos de la masacre de Nancy. Dejad pues que los pérfidos adormecedores se quejen a gritos de la barbarie: no, no es quien os aconseja abatir a implacables enemigos el que se dispone a masacraros para satisfacer sus criminales pasiones: son los traidores que querrían hundiros en una fatal seguridad, para entregaros sin defensa al hierro de los satélites de vuestro tirano.
