Santiago García Lucio

MARAT VISTO POR SÍ MISMO

Desde que denuncié al señor Necker, el público se ha visto inundado por un cúmulo de escritos donde el primer ministro de Finanzas es adulado y donde soy inclementemente asaeteado por vendedores de injurias y calumnias. En una guerra de este tipo, se nota mucho la prodigiosa ventaja que, sobre un hombre obligado a trabajar para vivir posee un hombre que tiene la autoridad en sus manos, que puede proporcionar cargos y que dispone de una fortuna de 14 o 15 millones.

Sea lo que sea, mis principios son conocidos, mis costumbres son conocidas, mi género de vida es conocido: por lo tanto, no me rebajaré a combatir a los cobardes asesinos que se esconden en la oscuridad para apuñalarme. Que el hombre honesto que tenga algo para reprocharme se muestre; y si he faltado jamás a las leyes de la virtud más austera, le ruego que publique las pruebas de mi deshonor. Por mi parte, terminaría aquí este artículo si no fuera de importancia, para la causa de la libertad, que el público no sea víctima de los artificios empleados para prevenirle en contra de su incorruptible defensor.

Como mi pluma ha tenido cierto éxito, los enemigos públicos, que son los míos, han hecho correr que está vendida: lo que, visto el carácter de los literatos del siglo, no es tan difícil de creer para quien no me haya leído. Pero basta echar una ojeada a mis escritos, para asegurarse de que soy quizás el único autor desde J.-J. que debe estar al abrigo de sospechas. ¿Y a quién puedo estar vendido? —¿A la Asamblea nacional, contra la que tantas veces me he levantado, a la que he atacado por tantos decretos funestos y a la que tan a menudo he recordado sus deberes?— ¿Tal vez a la corona, cuyas odiosas usurpaciones y temibles prerrogativas he atacado siempre? —¿Tal vez al ministerio al que he considerado siempre el eterno enemigo de los pueblos y cuyos miembros he denunciado como traidores a la patria? —¿Tal vez a los príncipes para quienes he pedido la represión del fasto escandaloso, la limitación de los gastos a los simples bienes de su patrimonio y el procesamiento de los culpables? —¿Quizás a la clerecía, cuyas extralimitaciones y pretensiones ridículas no he cesado de atacar y cuyos bienes he pedido que sean restituidos a los pobres? —¿Tal vez a la nobleza, cuyas injustas pretensiones he apaleado, cuyos privilegios inicuos he atacado y cuyos siniestros designios he descubierto? —¿Quizás a los financieros, a los depredadores, a los concursionarios, a las sanguijuelas del Estado, de quienes he pedido a la nación que se les hiciera restituir lo mal adquirido? —¿Tal vez a los capitalistas, a los banqueros, a los agiotistas a quienes persigo como calamidades públicas?— ¿Quizás al municipio, cuyas intenciones secretas he descubierto, cuyos peligrosos designios he revelado, cuyos atentados he denunciado y que me ha hecho detener? —¿Tal vez a los distritos, cuya alarmante composición he atacado y cuya necesidad de reforma he mantenido?— ¿Quizás a la milicia nacional, cuyos estúpidos procedimientos y estúpida confianza en jefes sospechosos he atacado? No queda más que el pueblo cuyos derechos he defendido constantemente y para el que mi celo no ha tenido límites. Pero el pueblo no compra a nadie: y, además ¿para qué comprarme? Le pertenezco: ¿se me reprochará haberme entregado a él?

Si mis enemigos, que intentan perderme, tuvieran algún juicio, se darían cuenta de que sus golpes serán siempre inefectivos en tanto no busquen los defectos de la coraza. Así, en vez de golpear a ciegas, ¿por qué no buscan mis debilidades, espían mis ridículos, para pintarme con más parecido? Están necesitando ayuda y voy a dársela.

Desde hace largos años, mis amigos, testigos de mi inquietud por el porvenir, y cansados de rogarme en vano que cuidara de mi suerte, me reprochan que soy un animal sin remedio; quizás no se equivocan: pero este defecto, según creo, no es el de un ser complaciente y presto a venderse. Desde hace largos años, mis vecinos, que ven como me privo de lo necesario para hacer construir instrumentos de física, me miran como un inconcebible original: quizás no se equivocan: pero este defecto, según creo, no es el de un intrigante que intenta venderse.

No tengo cargo ni pensión; jamás los he solicitado y no los aceptaría jamás: a los ojos de los sabios del siglo, tamaño desinterés no es mas que una estupidez; pero estas no son, según pienso, las acciones de un ambicioso presto a venderse.

Hace diez meses que sirvo a la patria noche y día; pero no he querido tomar nunca parte en la gestión de los asuntos públicos. Me presenté a la primera señal de alarma y no he consultado más que a mí corazón para compartir los peligros comunes. Desde el martes por la noche, día de la toma de la Bastilla, hasta el viernes por la noche no me he ausentado del Comité des Carmes, del que soy miembro. Obligado, al fin, a tomarme algún descanso, no volví a el hasta el domingo por la mañana. El peligro no era ya tan inminente y veía las cosas con un poco más de sangre fría. Por importantes que me parecieran las ocupaciones de un comisario de distrito, sabía que no se adecuaban en absoluto a mi carácter, que es el de un hombre que no querría el cargo de primer ministro de Finanzas, aunque sólo fuera para evitar morirme de hambre. Propuse, pues, al comité fundar un periódico y, de parecerle bien, que bajo sus auspicios yo sirviera a la patria redactando la historia de la revolución, preparando el plan de organización de los municipios y siguiendo los trabajos de los Estados Generales. Mi proposición no fue del agrado de la mayoría, me di por enterado; y convencido de mi perfecta incapacidad para cualquier otra cosa, me retiré. A los ojos de tantos ciudadanos honestos, que convierten en especulación el honor de servir a la patria, mi retirada debe aparecer como pura estupidez, lo sé; pero mi proposición no es la de un hombre cuya pluma está en venta.

El plan que propuse al Comité des Carmes, lo he realizado por mi cuenta y a mis expensas. Mis amigos han hecho lo imposible para impedirme escribir sobre los asuntos actuales, les he dejado gritar, sin temor a perderles.

En fin, no temo que se me echen encima el gobierno, los príncipes, la clerecía, la nobleza, los parlamentos, los distritos mal compuestos, el estado mayor de la guardia mercenaria, los consejeros de las sesiones de la judicatura, los abogados, los procuradores, los financieros, los agiotistas, los depredadores, las sanguijuelas del Estado y el innumerable ejército de los enemigos públicos. ¿Puede ser éste el plan de un hombre que intenta venderse?

¡Ea! ¿Por qué me he labrado ese cúmulo de enemigos mortales? Por el pueblo: ese pueblo agotado por la miseria, siempre vejado, siempre oprimido, siempre aplastado y que jamás puede conceder cargos o pensiones. Por haber abrazado su causa estoy expuesto a los dardos de los malvados que me persiguen, tengo sobre mi cabeza una orden de detención, como si fuera un malhechor. Pero no me pesa en modo alguno; lo que he hecho volvería a hacerlo si pudiera comenzar de nuevo. No me preguntéis hombres viles que no conocéis otra pasión que el oro, qué interés me mueve; he vengado a la humanidad, mi nombre permanecerá y el vuestro se hizo para desaparecer.

Los folicularios que se apresuran a difamarme, no son todos consumados repugnantes. Quiero creerlo; que se contemplen un instante y enrojecerán a causa de sus bajezas. No les colmaré de injurias, no les haré reproches; pero si hay uno sólo de ellos dudoso de que mi pluma no sirve a nadie más que a mi corazón, que venga a verme comer.

¿Acaso debo venderme para tener dinero? Tengo un empleo que me lo ha dado, y me lo seguirá dando, desde que renuncié al consultorio. No sabía que hacer con el consultorio, sólo necesito mi pluma. Por las infinitas precauciones que toman los enemigos del Estado para impedir que mis escritos vean la luz, mis difamadores podrán darse cuenta de que no me faltan lectores. «El Amigo del pueblo» habría sido, en sus manos, una fuente de ingresos, en las mías, esta fuente permanece estéril; he dejado las tres cuartas partes de los beneficios a los libreros encargados de ahorrarme las preocupaciones de la impresión y la distribución, encargados de que cada número sea entregado, por un sueldo, a los vendedores.

Me envanezco de haber dicho lo suficiente como para silenciar los ecos de esa calumnia, la única que hubiera podido afectar a la causa que defiendo. En lo que respecta a las otras, dejo el campo libre a mis difamadores y no perderé, en refutarlas, un tiempo que debo a la patria.

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