En este artículo, pedimos se nos disculpe de antemano, dejamos de seguir el orden de la serie —hasta este punto tortilla francesa se limitaba, exclusivamente, a dar muestra del carácter artístico de la Revolución, aquello que, buceando en ella, la misma tuviese a bien regalarnos— generando así algo asíncrono.
1917 —creemos el motivo lo vale— vería erigirse, no solo la primera en la historia, sino también la única escultura dedicada por entero a la figura de Robespierre, santo y seña de la Revolución Francesa, dejando así meridianamente claro que la misma bien pudo ser un antes y un después para la Historia de la Humanidad.
«En París no hay, ni hubo, un monumento a los Jacobinos», señala Trinchero, he ahí la importancia de la magna obra bolchevique, destinada a rendir tributo a una de las figuras del llamado Movimiento más importante de la Historia Contemporánea, que así lo apodasen no pocos historiadores.
Si bien a primera vista dicho dato pudiera resultar chocante pronto dejará de serlo de detenernos a reflexionar acerca de lo siguiente: El ala izquierda de la revolución burguesa sigue siendo, aún en pleno Siglo XXI, un trago amargo para quienes se precian de ser las buenas consciencias democráticas, ora pacifistas, ora defensoras del orden.
Conciencia esta en la que, no se pierda esto de vista, todos hemos sido educados, motivo por el cual a nadie ha de extrañar todo lo aportado en el anterior párrafo, llegando esto a generar, a la postre una serie de usos y costumbres, marco común para todos los europeos.
«“Tus derechos terminan donde empiezan los de los demás”, decía una maestra jardinera para que compartas los juguetes en un acto de civismo doloso. Que se sepa, hasta ahora ningún pequeño respondió: “No, seño, empiezan en la guillotina de Robespierre y se sostienen con el terror revolucionario pues todo derecho es solamente la cristalización de una determinada relación de fuerzas”», que apunta Trinchero (Trinchero, 2018).
Y es que , sencillamente, Robespierre y los Jacobinos no tienen una estatua en el París que los parió. Cosa curiosa de tener en cuenta que Danton, por ejemplo, cuenta con la suya, no importando que la misma no se halle en la capital francesa, residiendo Marat en el Panteón de París.
Agosto de 1918 la Revolución Rusa pende de un hilo. La insurrección de octubre ha antecedido a una guerra civil, carnicería inter fratres de la Rusia. Kazán, la perla del Volga, se informaría horas después, había caído en manos del Ejercito Blanco.
Ni corta ni perezosa, Elizabeta Drabkina, de tan solo 17 años partirá enfundándose una ametralladora pese a las vehementes suplicas de sus padres, bolches de pro, alistándose así en la Guardia Roja.
Los obreros moscovitas partieron del Soviet con botes de pintura roja. Fue así como, para subir el ánimo de la ciudad pronto se decidió levantar algunas estatuas y monumentos, siniestro mensaje a esos burgueses escondidos.
Será así como la juventud del Partido Comunista de Moscú decida levantar una estatua de Robespierre, la primera en la historia, erigida en cemento único material con el que, por entonces, se contaba.
Cuatro mil personas se dieron cita a la inauguración de la sencilla estatua, para más inri tapada con una manta al tiempo que una orquesta ejecutaba la Marsellesa con Jacques Sadoul —socialista francés devenido en bolchevique— se dejaba querer a modo de conductor del acto.
Sita en los Jardines de Alejandro —dentro del perímetro de los muros del Kremlin— la efigie parece aún alzarse majestuosa, imponente, burlesca: «La continuación de la gesta francesa de 1871 fue la aventura rusa de 1917», chilla, con ella el soviético.
«La burguesía ha tratado por todos los medios de minimizar la importancia de la Revolución Francesa y deshonrar a Maximiliano Robespierre -decía-. A nadie odiaba tanto como a este honesto y fiel revolucionario. El Poder soviético erige un monumento a Robespierre, mientras que Francia carece de un monumento semejante. La burguesía ha calumniado a Robespierre de la misma forma que ahora difama a nuestros jefes. Robespierre sabía que solamente se puede organizar el nuevo régimen destruyendo todo lo viejo. Al ejercer el terror rojo, no era más que un ejecutor de la voluntad del pueblo, cuya ardiente ira expresaba. ¡Viva la Revolución Francesa pasada y futura!» (Trinchero, 2018).
La clase obrera rusa, ocupada en su derecho a subsistir, llamó a su lado a todas las figuras que en la historia se habían levantado contra la opresión y la injusticia, invocando así el nombre de Robespierre.
Dicha estatua asistirá a su final tan solo algunos meses después siendo dinamitada en un atentado, Elizabeta dixit.
Análisis arquitectónico
Podemos observar, en la pieza, a un Maximilien Robespierre en bipedestación manteniendo una pose digna y solemne, como corresponde a alguien de su clase, generando así un porte «en majestad».
De corte eminentemente político, sus vestiduras, pulcramente planchadas, parecieran luchar igualmente por imprimirle ese toque solemne, digno, el cual aparece exteriorizado por un elegante traje.
Luminosa, su mirada pareciera estar perdida en nobles ideales, cavilando tal vez al respecto de los sinos del pueblo francés, aquel por el que tanto trataría de desvivirse.
Sus manos ofrecen, por contra, un notable contraste exteriorizado por medio de la rigidez de una frente a la movilidad de la otra. La primera, sencillamente pareciera dejarse caer a su costado mientras que la segunda, radicalmente opuesta, pareciera sujetar sus ropas o estar ocupada en algún tipo de saludo.
Un conjunto que ofrecerá cambios en función del cuándo, siendo este el configurador primero de la faceta luminosidad. Sencillamente no será lo mismo mirar por la mañana que hacerlo por la tarde, a la puesta de sol que por la noche, ofreciendo cada variante una suerte de conjunto paralelo, por supuesto, completamente nuevo.
El conjunto —resulta fácil verlo— plasma con acierto la altura moral del sujeto, a la sazón, una de las voces más autorizadas de toda la Historia de Francia en lo que a importancia en sus sinos se refiere.
Cerramos, para terminar, con el material: el cemento, escogido por tratarse del único material con el que, por entonces, se contaba, hablando así de claras limitaciones técnicas, envolviendo así al conjunto en un claro tono popular.
Trabajos citados
Drabkina, E. (1918). Pan duro y negro. Kazán: n/c.
Trinchero, S. (14 de julio de 2018). https://www.laizquierdadiario.com. Obtenido de https://www.laizquierdadiario.com: https://www.laizquierdadiario.com/Una-estatua-para-Robespierre
